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Fuentes, Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional
Print version ISSN 1997-4485
Rev. Fuent. Cong. vol.2 no.2 La Paz Dec. 2008
ENSAYO
LOS ARCHIVOS HISTÓRICOS DE LA MINA BOLIVIANA: UNA INCREÍBLE CUEVA DE ALÍ BABÁ PARA LOS INVESTIGADORES
Gérard Borras
Mucho antes de la llegada de los conquistadores a las altas tierras andinas del Collao, sus riquezas minerales ya eran conocidas por los cacicazgos locales y por los Incas. El descubrimiento del "Cerro Rico" de Potosí en 1536 colmaría a todos aquellos que habían soñado con fabulosos tesoros al lanzarse al asalto del imperio de Tahuantinsuyu. Puede afirmarse que desde entonces el destino de este sector del Alto Perú, que se convertiría más tarde en la República de Bolivia, estuvo íntimamente ligado a esta actividad pilar de la economía colonial española. La Independencia dificultó la explotación minera, aunque a finales del siglo XIX y comienzos del XX se anunció una nueva era dorada sobre todo para las poderosas oligarquías que dirigían y administraban esta actividad.
A comienzos de la década de 1880, este ciclo de dinero originó la fortuna insolente de las grandes familias Arce Aramayo y Hochschild, en un país en donde millones de campesinos vivían en la miseria del apartheid de las grandes propiedades. Las minas de plata se agotarían progresivamente, pero un mestizo de Cochabamba descubriría reservas gigantescas de estaño que lo convertirían en uno de los hombres más ricos del mundo, al lado de otros empresarios quienes, cómo él, dominaron las incomparables riquezas de las minas bolivianas.
La Revolución de 1952 dirigida por el MNR haría de la reforma agraria y la nacionalización de las minas una de las bases de su programa. "El dos de octubre de 1952, por decreto 3196 es fundada la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL). En virtud de este decreto, la Patiño Mines, la Compañía Hoschchild SAMI y la Compañía Aramayo de Minas son nacionalizadas y sus propiedades industriales, mineras y administrativas declaradas patrimonio nacional el 31 de octubre del mismo año. Su voluminosa documentación (con 1853 como fecha inicial), sus instalaciones industriales, equipos, máquinas, infraestructuras culturales y educativas, son transferidas a la COMIBOL". La creación de la Comibol representaba un estado dentro del estado, y durante décadas fue uno de los pulmones de la vida nacional. Fuente de riqueza, pero también bastión de sindicatos cuya aspereza era uno de los pocos contrapoderes de los gobiernos que temían a los movimientos mineros.
Ahora bien, si las minas están en el corazón de los símbolos (¿no lleva el Cerro Rico la bandera nacional?) y la vida de este país andino, la nacionalización tuvo efectos perversos. Así como las empresas habían tenido un cuidado extremo en la gestión de su documentación, durante décadas, los diferentes dirigentes políticos y los mismos de la enorme Comibol, no prestaron mucha atención a aquello que era el verdadero tesoro: la enorme cantidad de documentación acumulada durante más de cien años por las diferentes compañías mineras y por la compañía nacional que las reemplazó. Desde hacía varias décadas, enormes cantidades de archivos yacían olvidadas y encerradas, a veces en sacos de yute, expuestos a las inclemencias del tiempo debajo de la chatarra, o desechados como basura pudriéndose en cuartos húmedos.
Fueron necesarios la lucidez, el coraje y la tenacidad de un cierto número de individuos para lograr lo que parecía estar fuera de alcance en este país: salvar los archivos de la mina. No solamente salvarlos, sino adjudicarles un lugar en donde fueran conservados, valorados y puestos al alcance del público y de los investigadores. A partir de 1999, Edgar "Huracán" Ramírez Santisteban, minero y célebre dirigente de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) y de la COB (Central Obrera Boliviana), junto con unos quince obreros de la Comibol, se lanzaron por iniciativa propia a realizar un trabajo de titán: recuperar, salvar decenas de decenas de archivos. En once cobertizos de uno de los terrenos de la Comibol en El Alto, estos obreros se convirtieron en electricistas, carpinteros, albañiles, informáticos, archivistas, con el fin de ordenar esta masa colosal de documentos amenazados de una destrucción inminente. Pero el proyecto tomó otra dirección cuando el vicepresidente de la República, Carlos Mesa, implementó la Convención institucional entre la Vicepresidencia, los Archivos del Congreso, el Departamento de Historia de la UMSA y la COMIBOL, para crear un verdadero centro de documentación: en 2004, gracias al decreto supremo firmado por el vicepresidente Mesa, nada "el Sistema de Archivo Histórico de la Minería Nacional".
Desde entonces la historia se aceleró. La tan negligente Comibol hizo esfuerzos considerables (particularmente financieros) y la realización de un moderno edificio reuniendo el conjunto de 25.000 metros lineares de archivos se convirtió en realidad. La inauguración se concretó el 31 de octubre de 2008.
No es fácil imaginar el provecho que podrá sacarse de semejante masa de documentos. Sin embrago, actualmente los descriptivos publicados en la obra de Luis Oporto y Edgar Ramírez nos ofrecen una estimación detallada de los fondos. Volúmenes considerables que corresponden a la correspondencia administrativa y financiera bajo forma de correos y telegramas, informaciones contables, datos sobre la gestión de las diferentes empresas. Otros conciernen directamente la explotación técnica de las minas: mapas, extractos topográficos, análisis de minerales. Pero los archivos sin duda encierran otras informaciones que permitirán, con el tiempo, conocer y comprender mejor el papel de las diferentes empresas mineras en la sociedad boliviana, principalmente del siglo XX. Los informes de las asambleas de accionistas, los correos confidenciales en los cuales se transparentan las estrategias de control de los trabajadores mineros y sus sindicatos, los mismos archivos de los sindicatos mineros que organizan sus medios de difusión (el radio particularmente). La lista es, evidentemente, muy larga.
* Université Rennes 2. Haute Bretagne. Francia.











